Significado de la vida en sentido extramoral
Con este texto voy a entrar en un complejísimo debate que no voy a resolver, pero arañar la superficie de conceptos tan abstractos como la vida y su significado es, para mí, todo un logro que exhibiría con orgullo en caso de obtener.
Carezco por completo del nivel de razonamiento suficiente para abarcar esta cuestión en toda su complejidad y por este mismo motivo he decidido proceder a su contemplación. No es, sino curioso, reflexionar a esta edad tan temprana sobre La Cuestión para comparación, por parte de mi yo futuro, de cuán profusos pueden haber sido los cambios que experimentaré en mis ideas y capacidad de raciocinio a lo largo de mi vida.
Entremos en materia, ¿cuál es el significado de la vida? ¿Qué sentido trascendental tiene la vida individual de cada uno de nosotros? Cuestiones complicadas para cuya respuesta, o simple análisis, creo conveniente una disyunción interna de las realidades del sentido vital, categorizándolas en función del ente causal que ofrece su versión de la razón última de la vida. En este punto, he desglosado tres posibles formas de concebir el significado de la vida:
1. El sentido estricto (o religioso).
2. El sentido imperativo (o social).
3. El sentido subjetivo.
1. El sentido estricto o religioso
Corresponde a una concepción absoluta de la vida: ésta tiene razón en sí misma porque es producto de una fuerza mayor, omnipotente, que se sirve de su creación para lograr un propósito final.
En este caso, la razón del ser está fundada en un plan superior, en la voluntad de potencias infinitas que han decidido que su existencia sea posible.
Este sentido vital es el postulado por la gran mayoría de las religiones. Dan valor al individuo como resultado de la creación última de esta entidad máxima (concebida como uno o varios dioses). Así pues, “el valor de tu vida radica en que existes como parte de un plan mayor elaborado por una o varias divinidades. Has venido a hacer algo y una vez tu camino aquí termine, si has cumplido sus designios, obtendrás una recompensa en tu próxima parada”.
Estas filosofías proclaman que el sentido de la vida se encuentra, precisamente, en la promesa de un futuro más allá de la muerte (en muchos casos idealizado, pues consideran la existencia de un “paraíso” para los auténticos creyentes). Aquí la muerte no es más que una transición, un umbral a algo distinto que resarcirá por todo el dolor sufrido durante el ciclo vital y elevará a aquellos que han seguido correctamente sus directrices (ya analizaré la muerte en profundidad más adelante).
En resumen, el general de los postulados religiosos construye la percepción de un mundo vertebrado de forma afin al desarrollo teórico observado en la metafísica platónica, donde la propia transición del mundo físico al mundo ideal sería la justificación a la razón última del ser.
Bajo la sombra del sentido vital estricto se pierde por completo la potencialidad única de cada individuo, que se ve desplazada en beneficio de un ideario religioso que recoge la pluralidad de actos censurables y enuncia las pautas que el propio sujeto debe seguir para obtener la virtud. Así pues, la virtud no es algo cognoscible para el individuo, en tanto que ser humano, ya que bajo la perspectiva religiosa, la humanidad no es más que una creación defectuosa (incompleta) que sólo puede optar a alejarse de su imperfección abrazando al (o a los) Theos que corresponda. El individuo pierde valor en tanto que individuo, pues lo importante, lo que marca la virtuosidad del ser aquí, es su devoción a la res infinita, quedando en un opacado segundo lugar todo aquello que lo hace efectivamente ser (motivaciones, miedos, deseos, …).
La autorrealización individual se alcanza, bajo esta concepción vital, en la inmaculada obediencia de las disposiciones religiosas y mayor devoción a la potencia máxima.
2. El sentido imperativo o social
Se articula bajo una concepción puramente gregaria de la naturaleza humana. El Hombre como especie, como sociedad y comunidad, obtiene aquí el papel de mayor relevancia. Se reitera en este significado vital la alienación del individio, pues la potencialidad subjetiva es de nuevo relegada a una posición exigua, recibiendo La Sociedad, como ente pseudoconsciente, el protagonismo.
Esta concepción encuentra su justificación a la razón del ser en el rol que debe jugar el individuo dentro de la sociedad. Es decir, la vida encuentra su sentido en tanto que la sociedad requiere del sujeto para su desarrollo, “naces porque la sociedad te necesita”. De este modo, el individuo se debe por completo a este ente superior. La persona pierde valor como ser individual y lo gana como ser participante. El sujeto no se entiende como sustancia en sí misma, sino que pasa a ser “parte de”, un mero componente de una esencia mayor: El Grupo.
Para ilustrar parcialmente, esta idea, sería válida una leve remisión a la figura del leviatán hobbesiano, aunque no entraré en juicios sobre la bondad ni la maldad de esta entidad supraindividual (es material para futuras reflexiones). Bajo esta teoría social, el individuo se establece en un contrato con el Estado mediante el cual, a cambio de ceder una serie de derechos esenciales a su persona (libertad, autodeterminación, …) obtiene una serie de garantías (seguridad, estabilidad, …). De igual manera se establecería, en líneas generales, la relación entre el ser individual y el ser social: se enajena al individuo, pierde su potencialidad individual, y pasa a ser un orgánulo más dentro de la célula social.
El fundamento último de la vida bajo esta perspectiva radica en la capacidad de contribución del sujeto a la sociedad y en su identificación dentro del colectivo. La autorrealización se entiende a través de la obtención de puestos importantes en la jerarquía social o llevar a cabo actos altruistas. En este sentido, es el estatus social el principal factor influyente sobre la conducta del individuo.
La representación más “pura” de esta perspectiva puede contemplarse, por ejemplo, en la idiosincrasia castrense, donde se ensalzan valores como “el deber a la patria”.
Debo puntualizar que este enfoque vital está directamente relacionado con el nivel de cohesión social existente en los diferentes colectivos humanos. Por ello, al ser más propio de las sociedades de solidaridad mecánica, ha perdido cierta presencia en las sociedades más desarrolladas de la actualidad, donde una solidaridad orgánica parece rescatar parte del valor individual (aunque no de una manera correcta, a mi parecer, ya que existe cierta distorsión a la hora de comprender qué elementos deben ser ser los diferenciadores del sujeto. El etiquetado y la diferenciación social son también material para una reflexión propia).
3. El sentido subjetivo o individual
Vertebrado bajo de una visión individual de la esencia humana, cuasi ególatra. Bajo este enfoque, el sujeto individual pasaría a enarbolar el papel predominante en el juego vital. Así pues, el sentido último o fin primordial del ciclo vital se puede contemplar, salvando ciertas diferencias, casi bajo un paradigma solipsista, donde la propia percepción del sujeto pensante es la que determina el significado de la vida, excluyendo de esta realidad vital todo aquello ajeno a la propia conciencia individual.
En este punto, voy a tomarme ciertas licencias para simplificar en gran medida la basta complejidad del raciocinio individual (evitando profundizar en los innumerables matices de la psique humana que producen, de facto, las infinitas personalidades) a modo de facilitar un análisis general de algunas de las posibles vías que puede encontrar el sujeto como justificantes del significado vital.
En primer lugar, es innegable que, bajo el marco de la naturaleza humana, uno de los más extendidos imperativos que han regido, desde las primeras civilizaciones, el fin último de la vida de incontables personas se ha referido a la obtención y/o acumulación de bienes materiales (principalmente con el objetivo de garantizar una mayor comodidad y calidad de vida). Este principio consistente en reflejar el acaparamiento de bienes materiales como fin último (el sentido subjetivo material de la vida), ha sido asimilado casi como imperativo categórico, influyendo notoriamente a la humanidad desde su origen y dando lugar al desarrollo de la economía, del comercio, de la industria... Su existencia se plasma en el triunfo de determinadas teorías político-económicas construidas en torno a él, que lo tradujeron a la realidad empírica bajo el concepto de propiedad privada (liberalismo, capitalismo...) frente a construcciones teóricas fundadas en otros ideales como la moral colectiva que dotaron de relevancia otros conceptos en detrimento de este principio (comunismo, socialismo, anarquía...).
Por otro lado, más allá del enriquecimiento material de uno mismo, otro factor a considerar puede radicar en el desarrollo individual (ya sea físico, espiritual, intelectual, o una conjunción de éstos), concebido éste como la consecución de metas y objetivos autoimpuestos orientados al desarrollo personal. Este, el sentido subjetivo potencial, parecería consolidarse como una construcción mayor que englobaría al sentido subjetivo material, ya que podría considerarse este último (la acumulación material) como un fin más en el espectro de objetivos autoimpuestos por el individuo en su desarrollo personal. Pero, a modo de apunte, cabe recalcar que el primero se acota a la potencialidad del sujeto pensante, ignorando toda aquella realidad ajena a éste.
En último lugar, aludiendo a una percepción maniquea de la realidad, puede hablarse del sentido subjetivo moral o altruista. Al amparo de este precepto se presentan los arquetipos más exaltados que dicotomizan la realidad del comportamiento humano, presentando un binomio antitético: bueno // malo. Esta construcción presupone, al igual que la metafísica kantiana y su famoso imperativo categórico, que el sujeto es capaz de discernir de manera autónoma entre el “bien” y el “mal” (será materia de futuros análisis el estudio de la construcción humana del “bien”) y orientará sus esfuerzos a perseguir el primero y huir del segundo. De este modo, el sujeto justifica su sentido vital en la idea de “hacer el bien” o “ser buena persona”. Se presentarían en este caso dos posibilidades de juzgar la conducta individual: juicios externos (mayor relevancia del criterio ajeno. Potencialidad y capacidad individual supeditada al arbitrio de otros sujetos), donde el individuo buscará la justificación de su propia existencia en la aprobación de otros; y juicios internos (locus de control interno muy reforzado, gran introspección).
Para concluir esta pequeña y superficial reflexión sobre el sentido de la vida, debo puntualizar que, a pesar de haber desarrollado estos conceptos en términos absolutos, considero que en la realidad, nunca se presentan de manera aislada, sino que en cada individuo se presentan en conjunto, con cierta prevalencia de una u otra visión sobre las demás (dicho predominio de un constructo sobre otro será distinto en cada sujeto), lo que le proporcionaría su particular escala de valores y prioridades. Tampoco considero que los preceptos teóricos desarrollados en esta escueta disertación sean, ni mucho menos, los únicos paradigmas que participan de las construcciones mentales que justifican, para cada individuo, la razón última de su existencia.
Álvaro Sempere Soto
Carezco por completo del nivel de razonamiento suficiente para abarcar esta cuestión en toda su complejidad y por este mismo motivo he decidido proceder a su contemplación. No es, sino curioso, reflexionar a esta edad tan temprana sobre La Cuestión para comparación, por parte de mi yo futuro, de cuán profusos pueden haber sido los cambios que experimentaré en mis ideas y capacidad de raciocinio a lo largo de mi vida.
Entremos en materia, ¿cuál es el significado de la vida? ¿Qué sentido trascendental tiene la vida individual de cada uno de nosotros? Cuestiones complicadas para cuya respuesta, o simple análisis, creo conveniente una disyunción interna de las realidades del sentido vital, categorizándolas en función del ente causal que ofrece su versión de la razón última de la vida. En este punto, he desglosado tres posibles formas de concebir el significado de la vida:
1. El sentido estricto (o religioso).
2. El sentido imperativo (o social).
3. El sentido subjetivo.
1. El sentido estricto o religioso
Corresponde a una concepción absoluta de la vida: ésta tiene razón en sí misma porque es producto de una fuerza mayor, omnipotente, que se sirve de su creación para lograr un propósito final.
En este caso, la razón del ser está fundada en un plan superior, en la voluntad de potencias infinitas que han decidido que su existencia sea posible.
Este sentido vital es el postulado por la gran mayoría de las religiones. Dan valor al individuo como resultado de la creación última de esta entidad máxima (concebida como uno o varios dioses). Así pues, “el valor de tu vida radica en que existes como parte de un plan mayor elaborado por una o varias divinidades. Has venido a hacer algo y una vez tu camino aquí termine, si has cumplido sus designios, obtendrás una recompensa en tu próxima parada”.
Estas filosofías proclaman que el sentido de la vida se encuentra, precisamente, en la promesa de un futuro más allá de la muerte (en muchos casos idealizado, pues consideran la existencia de un “paraíso” para los auténticos creyentes). Aquí la muerte no es más que una transición, un umbral a algo distinto que resarcirá por todo el dolor sufrido durante el ciclo vital y elevará a aquellos que han seguido correctamente sus directrices (ya analizaré la muerte en profundidad más adelante).
En resumen, el general de los postulados religiosos construye la percepción de un mundo vertebrado de forma afin al desarrollo teórico observado en la metafísica platónica, donde la propia transición del mundo físico al mundo ideal sería la justificación a la razón última del ser.
Bajo la sombra del sentido vital estricto se pierde por completo la potencialidad única de cada individuo, que se ve desplazada en beneficio de un ideario religioso que recoge la pluralidad de actos censurables y enuncia las pautas que el propio sujeto debe seguir para obtener la virtud. Así pues, la virtud no es algo cognoscible para el individuo, en tanto que ser humano, ya que bajo la perspectiva religiosa, la humanidad no es más que una creación defectuosa (incompleta) que sólo puede optar a alejarse de su imperfección abrazando al (o a los) Theos que corresponda. El individuo pierde valor en tanto que individuo, pues lo importante, lo que marca la virtuosidad del ser aquí, es su devoción a la res infinita, quedando en un opacado segundo lugar todo aquello que lo hace efectivamente ser (motivaciones, miedos, deseos, …).
La autorrealización individual se alcanza, bajo esta concepción vital, en la inmaculada obediencia de las disposiciones religiosas y mayor devoción a la potencia máxima.
2. El sentido imperativo o social
Se articula bajo una concepción puramente gregaria de la naturaleza humana. El Hombre como especie, como sociedad y comunidad, obtiene aquí el papel de mayor relevancia. Se reitera en este significado vital la alienación del individio, pues la potencialidad subjetiva es de nuevo relegada a una posición exigua, recibiendo La Sociedad, como ente pseudoconsciente, el protagonismo.
Esta concepción encuentra su justificación a la razón del ser en el rol que debe jugar el individuo dentro de la sociedad. Es decir, la vida encuentra su sentido en tanto que la sociedad requiere del sujeto para su desarrollo, “naces porque la sociedad te necesita”. De este modo, el individuo se debe por completo a este ente superior. La persona pierde valor como ser individual y lo gana como ser participante. El sujeto no se entiende como sustancia en sí misma, sino que pasa a ser “parte de”, un mero componente de una esencia mayor: El Grupo.
Para ilustrar parcialmente, esta idea, sería válida una leve remisión a la figura del leviatán hobbesiano, aunque no entraré en juicios sobre la bondad ni la maldad de esta entidad supraindividual (es material para futuras reflexiones). Bajo esta teoría social, el individuo se establece en un contrato con el Estado mediante el cual, a cambio de ceder una serie de derechos esenciales a su persona (libertad, autodeterminación, …) obtiene una serie de garantías (seguridad, estabilidad, …). De igual manera se establecería, en líneas generales, la relación entre el ser individual y el ser social: se enajena al individuo, pierde su potencialidad individual, y pasa a ser un orgánulo más dentro de la célula social.
El fundamento último de la vida bajo esta perspectiva radica en la capacidad de contribución del sujeto a la sociedad y en su identificación dentro del colectivo. La autorrealización se entiende a través de la obtención de puestos importantes en la jerarquía social o llevar a cabo actos altruistas. En este sentido, es el estatus social el principal factor influyente sobre la conducta del individuo.
La representación más “pura” de esta perspectiva puede contemplarse, por ejemplo, en la idiosincrasia castrense, donde se ensalzan valores como “el deber a la patria”.
Debo puntualizar que este enfoque vital está directamente relacionado con el nivel de cohesión social existente en los diferentes colectivos humanos. Por ello, al ser más propio de las sociedades de solidaridad mecánica, ha perdido cierta presencia en las sociedades más desarrolladas de la actualidad, donde una solidaridad orgánica parece rescatar parte del valor individual (aunque no de una manera correcta, a mi parecer, ya que existe cierta distorsión a la hora de comprender qué elementos deben ser ser los diferenciadores del sujeto. El etiquetado y la diferenciación social son también material para una reflexión propia).
3. El sentido subjetivo o individual
Vertebrado bajo de una visión individual de la esencia humana, cuasi ególatra. Bajo este enfoque, el sujeto individual pasaría a enarbolar el papel predominante en el juego vital. Así pues, el sentido último o fin primordial del ciclo vital se puede contemplar, salvando ciertas diferencias, casi bajo un paradigma solipsista, donde la propia percepción del sujeto pensante es la que determina el significado de la vida, excluyendo de esta realidad vital todo aquello ajeno a la propia conciencia individual.
En este punto, voy a tomarme ciertas licencias para simplificar en gran medida la basta complejidad del raciocinio individual (evitando profundizar en los innumerables matices de la psique humana que producen, de facto, las infinitas personalidades) a modo de facilitar un análisis general de algunas de las posibles vías que puede encontrar el sujeto como justificantes del significado vital.
En primer lugar, es innegable que, bajo el marco de la naturaleza humana, uno de los más extendidos imperativos que han regido, desde las primeras civilizaciones, el fin último de la vida de incontables personas se ha referido a la obtención y/o acumulación de bienes materiales (principalmente con el objetivo de garantizar una mayor comodidad y calidad de vida). Este principio consistente en reflejar el acaparamiento de bienes materiales como fin último (el sentido subjetivo material de la vida), ha sido asimilado casi como imperativo categórico, influyendo notoriamente a la humanidad desde su origen y dando lugar al desarrollo de la economía, del comercio, de la industria... Su existencia se plasma en el triunfo de determinadas teorías político-económicas construidas en torno a él, que lo tradujeron a la realidad empírica bajo el concepto de propiedad privada (liberalismo, capitalismo...) frente a construcciones teóricas fundadas en otros ideales como la moral colectiva que dotaron de relevancia otros conceptos en detrimento de este principio (comunismo, socialismo, anarquía...).
Por otro lado, más allá del enriquecimiento material de uno mismo, otro factor a considerar puede radicar en el desarrollo individual (ya sea físico, espiritual, intelectual, o una conjunción de éstos), concebido éste como la consecución de metas y objetivos autoimpuestos orientados al desarrollo personal. Este, el sentido subjetivo potencial, parecería consolidarse como una construcción mayor que englobaría al sentido subjetivo material, ya que podría considerarse este último (la acumulación material) como un fin más en el espectro de objetivos autoimpuestos por el individuo en su desarrollo personal. Pero, a modo de apunte, cabe recalcar que el primero se acota a la potencialidad del sujeto pensante, ignorando toda aquella realidad ajena a éste.
En último lugar, aludiendo a una percepción maniquea de la realidad, puede hablarse del sentido subjetivo moral o altruista. Al amparo de este precepto se presentan los arquetipos más exaltados que dicotomizan la realidad del comportamiento humano, presentando un binomio antitético: bueno // malo. Esta construcción presupone, al igual que la metafísica kantiana y su famoso imperativo categórico, que el sujeto es capaz de discernir de manera autónoma entre el “bien” y el “mal” (será materia de futuros análisis el estudio de la construcción humana del “bien”) y orientará sus esfuerzos a perseguir el primero y huir del segundo. De este modo, el sujeto justifica su sentido vital en la idea de “hacer el bien” o “ser buena persona”. Se presentarían en este caso dos posibilidades de juzgar la conducta individual: juicios externos (mayor relevancia del criterio ajeno. Potencialidad y capacidad individual supeditada al arbitrio de otros sujetos), donde el individuo buscará la justificación de su propia existencia en la aprobación de otros; y juicios internos (locus de control interno muy reforzado, gran introspección).
Para concluir esta pequeña y superficial reflexión sobre el sentido de la vida, debo puntualizar que, a pesar de haber desarrollado estos conceptos en términos absolutos, considero que en la realidad, nunca se presentan de manera aislada, sino que en cada individuo se presentan en conjunto, con cierta prevalencia de una u otra visión sobre las demás (dicho predominio de un constructo sobre otro será distinto en cada sujeto), lo que le proporcionaría su particular escala de valores y prioridades. Tampoco considero que los preceptos teóricos desarrollados en esta escueta disertación sean, ni mucho menos, los únicos paradigmas que participan de las construcciones mentales que justifican, para cada individuo, la razón última de su existencia.
Álvaro Sempere Soto
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